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6TOROS6 : MANOLETE VUELVE A NUEVA YORK

MANOLETE VUELVE A NUEVA YORK


6Toros6
MANOLETE VUELVE A NUEVA YORK
anolete viajó dos veces a la ciudad de Nueva York, en ambas ocasiones acompañado por su novia la actriz Lupe Sino, en dos visitas que tuvieron un sentido muy diferente: la primera fue en octubre del 46, al comienzo de la temporada americana, y la segunda tras finalizar en febrero del 47 esa misma campaña. Después de aquellos dos viajes, y aunque el torero manifestó su voluntad de regresar, una vez casado y retirado de los ruedos, a una ciudad en la que se sintió libre y (casi) desconocido, ya no fue posible el regreso. Su recuerdo habrá vuelto muchas veces a Nueva York en los setenta años que han pasado desde entonces: en las personas, en las revistas, en los libros, en los cuadros, en las fotografías que hasta esa ciudad hayan llegado en este tiempo. Ahora, la semana pasada, Manolete ha regresado a Nueva York, en esta ocasión sin la compañía espiritual de Lupe Sino, en el transcurso de una entrañable conferencia en el New York City Club Taurino, que preside Lore Monnig. En el primer viaje, Manolete y Lupe salieron del aeropuerto madrileño de Barajas el 1 de octubre de 1946, y llegaron a la ciudad de los rascacielos al día siguiente. El destino final de aquel viaje era Lima, donde estaba anunciado el día 12 en la corrida inaugural de la feria del Señor de los Milagros. Manolete y Lupe estuvieron en Nueva York y Miami, y a la capital del Perú llegaron el 7 de octubre, un día después que sus banderilleros y en el mismo avión en el que también viajaba Carlos Arruza. El segundo viaje tuvo lugar varios meses después, y en sus fechas es mucho menos conocido que el primero. Después de torear seis corridas en Lima y dieciocho en México, Manolete actuó el 9 de febrero de 1947 en Mérida, y ya no pudo torear las últimas corridas que tenía contratadas porque una vez más se rompió el Convenio Taurino Hispano-Mexicano, el famoso Pleito que tantos problemas causó en esos años. Pero Manolete no adelantó su regreso a España, porque junto a Lupe (y quizá un Domecq, del que no se sabe el nombre, y su amigo el marqués de Cuevas) desde México se marcharon de vacaciones precisamente a Nueva MYork, donde según algunos libros permaneció un mes completo. Las fechas no están claras, pues los diversos autores que han escrito en profundidad sobre Manuel Rodríguez ofrecen historias dispares y contradictorias, de manera que sumándolas todas acaban siendo complementarias. Lo único seguro es que la pareja regresó a Madrid, tras hacer escala en Lisboa, el 22 de marzo de 1947, como puntualmente informó El Ruedo; así pues, en bastantes de los días comprendidos entre el 10 de febrero y el 21 de marzo, Manolete y Lupe estuvieron en Nueva York. En ese tiempo disfrutaron de esa ciudad única e irrepetible, y allí pudieron vivir lo más ajenos que les fue posible al acoso de la prensa, de los admiradores y de su propia familia. A Nueva York Lupe y Manolete llegaron para vivir en libertad unos días de vacaciones y de tranquilidad, aunque según la prensa de la época (en concreto el diario hispano El Crisol) fueron estafados Manolete y Domecq con 18.000 y 20.000 dólares, respectivamente, por un avispado español que se hizo pasar por exportador de coches. De los días de Nueva York no han quedado fotografías conocidas de la pareja ni datos relevantes de su estancia; de hecho, por no saber, no se sabe –al menos yo no lo sé– ni siquiera el hotel en el que se hospedaron ni los restaurantes que visitaron. No tengo la menor duda de que habrá muchos libros donde aparezcan datos sobre la estancia de Manolete y Lupe en Nueva York, pero yo sólo los he encontrado con un mínimo de extensión en media docena: en los de Soto Viñolo, Carmen Esteban, Francisco Narbona, Fernando del Arco, Paco Laguna, Miletich Berrocal y, muy especialmente, en los de K-Hito y José Vicente Puente. A K-Hito, Manolete le dice, no sabemos si literalmente, lo siguiente: “Va uno a Nueva York dispuesto a no asombrarse de nada, y se asombra. Se asombra a cada momento. ¡Aquel hotel para cuatro mil viajeros! Los ascensores lo elevan a uno al piso cuarenta con rapidez vertiginosa. ¡Qué manera de ver pasar los pisos! ¡Y qué vistas! (…) Algunas veces, al entrar en un comercio, he sorprendido cuchicheos y lo de ‘monster, monster’ [monstruo, monstruo], que es lo único que sé de inglés. (…) Las preguntas que me hacen allí los periodistas son siempre las mismas: que cuántas cornadas me han dado y que cuánto dinero tengo. Y yo les contesto en checoslovaco. (…) Un día estaba yo con Joe Louis, el boxeador, que por cierto cada mano suya es un jamón y hasta tiene músculos aquí en el labio inferior, donde nadie los tiene. Su mozo de espadas, que es un negro, vino a mí a tocarme los bíceps. Y dijo algo así como ¡puaf! Por lo visto creyó que los toros se matan a puñetazos. (…) Cuando yo me retire pasaré algunas veces por Nueva York rumbo a México para bañarme en Acapulco”. Por su parte, José Vicente Puente hace pasar por Nueva York a su personaje Arcángel (alter ego de Manolete), en la novela homónima, y en ella habla (no sabemos si por sabido o por imaginado) de la Quinta Avenida y de Manhattan, del Bronx y de los cabarets de Broadway, del Luna Park y de las ‘boites’ con mesas reservadas, del Hudson y de los museos y cines, de las tiendas y joyerías… es decir, habla de todo aquello que muy probablemente vivieron en Nueva York Manolete y Lupe en ese mes perdido en su biografía. Unos días en los que, según algunos, el torero y la actriz se reunieron con varios intelectuales españoles exiliados. El pasado miércoles nada de esto regresó a esa ciudad. En esa tarde otoñal y fría, al New York City Club Taurino llegó la tauromaquia de Manolete. Su toreo, contado de palabra y mostrado en medio centenar de imágenes que no necesitaban idioma alguno para ser comprendidas. Para quien esto escribe fue un inmenso honor poder explicarles a los amigos neoyorkinos la tauromaquia del torero más grande que han dado los tiempos. El miércoles volvió Manolete a Nueva York, y mientras duró la charla puedo asegurarles que estuvimos impregnados de su presencia. Era como un halo misterioso que, por fortuna, no se rompió al salir a la calle y enfrentarnos de nuevo a las luces, los ruidos, las sirenas de las ambulancias y las vidas desconocidas de los habitantes anónimos de esa ciudad inabarcable.
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